La nueva franja: los que decidimos no envejecer
El otro día, en una cena en Marbella, un tipo encantador de unos cincuenta me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que tenía una agencia de viajes. Asintió con esa sonrisa condescendiente que la gente reserva para los abuelos que todavía “se entretienen con algo”. Luego preguntó:
—¿Y eso lo llevas tú solo, o ya lo gestionan tus hijos?
Le expliqué que lo llevo yo. Solo. Con nueve webs, tres agentes de inteligencia artificial, un CRM con 164 expedientes de clientes, y un Mac Mini que trabaja mientras duermo. Me miró como si le hubiera dicho que piloto un F-16 los fines de semana.
Tengo 73 años. Y ese tipo de mirada ya no me ofende. Me divierte.
La franja que no existía
Si observas con cuidado, hay algo nuevo en el paisaje social. Algo que no estaba hace veinte años. Ha aparecido una franja de gente entre los sesenta y los ochenta que sencillamente no encaja en ninguna categoría conocida.
No somos viejos. Tampoco somos “jóvenes de espíritu”, que es la frase que usan los que no saben qué hacer contigo. Somos otra cosa. Una cosa que todavía no tiene nombre.
Es un fenómeno parecido a lo que pasó con la adolescencia. Antes del siglo XX, esa franja no existía: eras niño o eras adulto, y el salto era un día de trabajo en la fábrica. Luego apareció una masa de críos desbordados en cuerpos creciditos que no sabían dónde meterse ni cómo vestirse, y alguien tuvo que inventar una palabra para ellos.
Pues aquí estamos nosotros. Los de sesenta, setenta, ochenta. Una generación que ha echado fuera del idioma la palabra envejecer, porque sencillamente no la tiene entre sus planes.
Y no es negación. Es que el molde se rompió.
Los juguetes cambian, la curiosidad no
Mis juguetes actuales: un Mac Mini M4 con Claude Code que escribe propuestas de viaje a las dos de la mañana. Una BMW K1200 que sigue haciéndome sentir que tengo treinta años menos. Una bicicleta Specialized que uso más que el coche. Nueve webs vivas y funcionando. Un vault de Obsidian con más de 148 fuentes de investigación. Y un blog — este que lees — que empezó porque la diabetes me quitó el gin tonic y YouTube me regaló la inteligencia artificial.
El impulso es exactamente el mismo que cuando tenía veinte años y me subí a un avión a Tel Aviv sin billete de vuelta. La misma picazón de a ver qué pasa si pruebo esto. Solo que ahora el billete cuesta más y la aventura es digital.
La juventud se lleva por dentro. Siempre se ha llevado por dentro. Lo que pasa es que a los setenta ya no necesitas convencer a nadie de ello. Te basta con saberlo tú.
Cada mañana es una celebración
Hace 10 años
- Leer el periódico
- Ir a la oficina
- Esperar que suene el teléfono
- Emails y café
- Inercia
Hoy
- Café + Claude Code
- Airtable: leads nuevos
- NotebookLM: investigar destinos
- Obsidian: conectar ideas
- Scubapedia + WhatsApps
- Bicicleta. Volver. Seguir.
Y la verdad es que trabajo más que antes. Mucho más. La diferencia es que ahora cada hora tiene sentido. Antes había días enteros de inercia — trámites, esperas, gestiones que no sumaban nada. Ahora cada mañana arranco con un cuaderno nuevo en NotebookLM para investigar un destino, o con Obsidian abierto conectando ideas que ayer no sabía que estaban relacionadas. Trabajo más horas y disfruto cada una con un placer infinito. Porque después de años de carencias, de desvelos y de sucesos que no esperabas, lo que quieres es exactamente esto: hacer lo que te da la gana, a tu ritmo, con las herramientas que te dan superpoderes.
¿Sentarme a mirar el mar? Sí, a veces. Pero con el portátil al lado. Que hay cosas que hacer.
No es tecnología. Es cabezonería.
Hay una idea romántica de que la gente de mi generación “maneja la tecnología con naturalidad”. No es verdad. No hay nada natural en lo que hago. Es pura cabezonería.
Yo no sé CSS. No sé lo que es un webhook a nivel técnico. Cuando Claude me habla de “endpoints” tengo que parar y pensar si es algo que se come o se instala. Pero eso no me frena. Nunca me frenó no saber algo — me frenaba no tener a quién preguntar.
Y ahora tengo a quién preguntar. A las tres de la mañana. Sin que me juzgue. Sin que me diga “eso ya te lo expliqué ayer”. La inteligencia artificial no me convirtió en programador. Me convirtió en alguien que ya no acepta “no puedo” como respuesta.
Somos una generación que encontró hace mucho la actividad que más le gustaba y se gana la vida con eso. Algunos ni sueñan con jubilarse. ¿Para qué? Si lo que hacemos cada día es exactamente lo que elegiríamos hacer aunque nadie nos pagara.
Lo mío y lo de la máquina
Hay una pregunta que me hago últimamente y que creo que define a esta franja: ¿dónde termino yo y dónde empieza la inteligencia artificial?
Mi AI OS — Sistema Operativo Personal
Llevo semanas construyendo un sistema operativo personal hecho de archivos de texto plano en Obsidian. La idea es simple y radical: todo lo que soy, lo que sé, lo que he aprendido en 42 años vendiendo viajes, vive en mis archivos. No en las instrucciones de ChatGPT. No en la memoria de Claude. No en ninguna nube que mañana puede cerrar o cambiar de precio. En mis carpetas. En mi disco.
Cerebro Humano (solo lectura) Mis clientes, mi experiencia, mis contactos con Golden Dolphin en el Mar Rojo. La IA no escribe aquí.
Cerebro Máquina (colaborativo) Investigación, ideas, borradores. Aquí la IA trabaja conmigo.
me.md — Mi identidad
Quién soy, cómo quiero que la IA me hable, qué errores no tolero. Portátil entre cualquier herramienta.
16 Skills — Mis procesos Instrucciones en texto plano: presupuestos, resúmenes matutinos, campañas. Si la app muere, el skill sobrevive.
Archivo sobre app. Archivo sobre IA. Siempre.
Porque ninguna IA del mundo sabe que a un buceador Advanced Open Water no le recomiendes Sharm el-Sheikh sino Tubbataha. Ni que a un cliente nervioso le mandas el presupuesto por la noche, cuando está relajado, no a las diez de la mañana cuando está en la oficina. Eso es mío. Cuarenta y dos años de oído fino que ningún modelo de lenguaje va a replicar.
Y sin embargo, sin el modelo de lenguaje esa experiencia se quedaba atrapada en mi cabeza, útil solo para un cliente a la vez. La IA no me sustituye. Me amplifica.
Renovarse o morir, dice la expresión. Yo prefiero la primera opción.
La palabra que falta
Así que aquí estamos. Sonriendo para nosotros mismos sin necesidad de audiencia. Recordando la juventud sin nostalgia, porque la juventud también estaba llena de caídas y miedos, y eso ya lo sabemos.
Somos la primera generación de sesenta, setenta y ochenta que está estrenando una edad sin etiqueta. Los de antes eran viejos a esta edad. Nosotros no lo somos. No por negación, sino porque lo que define a un viejo no es la edad — es dejar de tener curiosidad.
Y a mí la curiosidad me sobra. Me sobra desde aquella noche en que el algoritmo de YouTube decidió que me interesaba la inteligencia artificial. Me sobra cada vez que abro Claude y le digo “vamos a probar una cosa”. Me sobra cuando un cliente me escribe para irse a bucear a Sipadan y yo le preparo una propuesta con chatbot incluido que hace cinco años habría necesitado un equipo de cuatro personas.
Alguien, algún día, inventará la palabra para lo que somos. Mientras tanto, me quedo con la que inventé yo:
Y lo mejor de todo: que el precio de mis juguetes sigue subiendo.
Giora Gilead Elenberg — 73 tacos, 9 webs, 0 intenciones de retirarse. Recableado desde 2026. Rejoven desde siempre.
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